REVELACIÓN I
Estaba en Neyba.
Aún no había amanecido del todo cuando algo —no sé si una voz, un impulso o una fuerza que no puedo nombrar— me hizo levantar de la cama. Eran alrededor de las seis de la mañana, y el día apenas comenzaba a abrir los ojos.
Salí hacia un lado de la casa.
El aire era limpio. El cielo, inmenso.
Entonces las vi.
Una bandada de garzas blancas cruzaba el horizonte, deslizándose en silencio, como si el tiempo no tuviera peso para ellas. Había en su vuelo una paz extraña… una armonía que no pertenecía a este mundo.
Y en ese instante, algo cambió en mí.
Sentí cómo un espíritu —ligero, desconocido— me llenaba por dentro. Y sin saber cómo, dejé de estar en la tierra.
Estaba volando.
Iba junto a ellas. A la par de las garzas, como si siempre hubiera sabido hacerlo. No había miedo. No había duda. Solo una sensación de libertad absoluta, como si el alma por fin hubiera recordado su verdadera naturaleza.
Volamos un tiempo que no sé medir.
Luego me separé.
Comencé a elevarme en línea recta hacia el cielo, alcanzando una altura que no puedo describir. Y fue entonces cuando lo vi.
Al principio era solo una forma lejana, indefinida.
Pero a medida que me acercaba, comenzó a revelarse ante mis ojos:
un altar gigantesco, de estructura gótica, imponente. Tenía un marco cuadrado, con un centro ovalado, y en su parte superior se alzaban dos grandes figuras, dos criaturas desconocidas para mí, como guardianes de algo sagrado.
Y en el centro… estaba Él.
Jesucristo, sentado.
Su presencia no era solo visible… era abrumadora.
Me hablaba.
Pero su voz no era como la de un hombre. Era como un trueno, como una fuerza que llenaba todo el espacio. Yo intentaba entender, acercarme lo suficiente para escuchar… pero no lograba comprender sus palabras.
Entonces sentí algo.
Una certeza profunda:
aquel lugar era el Santísimo.
Y no debía acercarme más.
Pero mi necesidad de entender era más fuerte. Mi deseo de escuchar lo que me decía me empujó hacia adelante, desobedeciendo ese límite invisible que parecía proteger lo sagrado.
Me acerqué.
Y en ese instante, todo cambió.
Él… y aquellas criaturas que lo acompañaban, desaparecieron, como si el altar tuviera un fondo falso, como si se hubieran ocultado más allá de lo que mis ojos podían alcanzar.
El silencio volvió.
Yo me detuve.
Y sin saber por qué, comencé a descender.
Regresé volando… hasta que todo se desvaneció.
Y entonces… desperté
POR´´FAUTINO ENCARNACION´
REVELACIÓN II
La vi descender.
La luna… ya no estaba lejos.
Se acercaba a la tierra con una cercanía imposible, como si hubiera decidido abandonar el cielo para irrumpir en nuestro mundo.
Podía verla con claridad.
No era redonda.
Era distinta… extraña.
Tenía una forma casi cuadrada, y en su parte inferior se abría como un cráter gigantesco, lleno de rocas puntiagudas que se extendían hacia abajo, como si fueran dientes de piedra dispuestos a desgarrar la tierra.
De pronto… se alejó.
A una velocidad imposible, se lanzó hacia el oeste, dejándome en una confusión absoluta. Todo parecía irreal… como si el orden del universo hubiera sido alterado.
Pero no había terminado.
En un instante volvió.
Se lanzó contra la tierra.
El impacto fue brutal.
Un golpe seco, descomunal, que hizo temblar todo. La tierra entera pareció estremecerse bajo un poder que no pertenecía a este mundo. El pánico se extendió como un incendio invisible… todos sabían, sin necesidad de palabras, que algo terrible estaba ocurriendo.
Y entonces… volvió a golpear.
Un segundo impacto.
Más fuerte. Más profundo.
La tierra quedó marcada: un cráter inmenso, una huella lunar que parecía una cicatriz abierta en el cuerpo del mundo.
Después vinieron hombres.
Vestidos como guardias, serios, metódicos. Se acercaron al lugar del impacto y comenzaron a tomar muestras, como si intentaran entender lo que había sucedido… como si la razón pudiera explicar lo inexplicable.
Pero el miedo ya era global.
La gente sentía que era el fin.
Y fue entonces… cuando ocurrió lo imposible.
Dios se manifestó.
No como una idea… sino como presencia.
Con Él, un ángel.
No puedo describir su magnitud. No hay palabras humanas suficientes para contener ese poder. Era algo que sobrepasaba todo entendimiento, algo que no se puede explicar… solo sentir.
En medio de ese instante, escuché algo claro.
Dios habló a su ángel, y dijo:
—Este se va conmigo.
Se refería a mí.
Y entonces… todo cambió.
Fui llenado con su poder. No era una emoción… era una fuerza real, viva, que recorría todo mi ser. Sentí una alegría inmensa, una plenitud absoluta, como si ya nada pudiera hacerme daño.
Grité con toda mi voz:
—¡Aleluya!
Y comencé a volar.
No como antes… esta vez era distinto. No era solo libertad, era poder. Me movía por el aire como prueba de algo que no era mío, sino que me había sido dado.
Y lo más extraño…
es que no sentí miedo.
A pesar de la destrucción, del caos, del fin que parecía acercarse… yo estaba en paz.
Porque Dios estaba conmigo.
Luego, todo volvió a cambiar.
La luna cruzó el cielo como un relámpago, del oeste al este… y de pronto, el día desapareció.
Se hizo de noche.
Pero no duró mucho.
Después de un instante, algo inesperado ocurrió:
el sol y la luna comenzaron a salir juntos, desde el mismo lugar donde antes se habían ocultado.
Ya no había violencia.
Ya no había impacto.
Subían lentamente, sin prisa… como si el universo estuviera siendo restaurado.
Y así… volvió la luz.
El día regresó
REVELACIÓN III
Las vi venir desde el cielo.
Eran naves enormes, extrañas, como si no pertenecieran a este mundo. Su presencia imponía miedo… no por lo que hacían, sino por lo que anunciaban.
Yo estaba en un campo, rodeado de personas conocidas. Sabía quiénes eran… pero al despertar sus rostros se borraron de mi memoria, como si solo existieran dentro de aquella visión.
Llegó el momento de partir.
Me despedí y tomé el camino hacia mi casa.
Entonces ocurrió.
Las naves cruzaron sobre nosotros, lentas y amenazantes. Una de ellas descendió lo suficiente como para dominar el cielo… y disparó.
Pero no era un arma como las nuestras.
Lo que cayó sobre la tierra fue una sustancia ardiente, como lava… pero de un color dorado, brillante, casi hipnótico. Se derramaba por las calles como un río de fuego eterno.
Y de esa lava… nacían criaturas.
Insectos formados por la misma materia incandescente, moviéndose como si tuvieran vida propia. Era un fuego que no se apagaba, una destrucción que no conocía descanso.
Tuve que atravesarlo.
Esquivar aquel azufre, aquel infierno vivo, para poder avanzar. Cada paso era una decisión, cada movimiento una lucha por seguir.
Finalmente llegué cerca de mi casa.
Había una multitud reunida.
Alguien —un hombre que no conocía— habló con urgencia:
—Debemos buscar la computadora que cayó con el disparo.
Fuimos hasta el lugar del impacto. Entre la lava aún ardiente, removimos con herramientas improvisadas hasta encontrar algo.
Era un aparato negro.
Un UPS.
Alguien ordenó traer un monitor. Dijeron que había que encenderlo de una forma especial, como si perteneciera a otro lenguaje, a otra lógica.
Lo hicimos.
El monitor, pequeño —apenas catorce pulgadas—, se transformó ante nuestros ojos en una pantalla gigantesca.
Y entonces… apareció otro mundo.
En la pantalla, un hombre vestido con túnica roja comenzó a hablarnos. Su voz era clara, pero su idioma no lo era. Sin embargo, algo dentro de nosotros entendía.
No eran palabras… era un mensaje.
Mientras hablaba, algo extraño ocurrió entre la multitud:
aparecieron niños.
Niños fuertes, casi como pequeñas legiones, que comenzaron a jugar con los nuestros. Reían, se movían, pero cuando hablaban… solo se escuchaba un murmullo incomprensible, como si pertenecieran a otra dimensión del lenguaje.
Yo escuché toda la enseñanza.
Pero al despertar… no recordaba ni una sola palabra.
Solo una certeza quedó en mí, firme, inquebrantable:
la salvación no vendría por el poder… sino por el amor.
Amor y compasión por los demás.
Ese era el camino.
Al salir de allí, encontré a un compueblano: Alfredo, hijo de Periando.
Caminamos juntos hasta su casa. Él entró al baño, y mientras esperaba le pregunté por su padre. Me dijo que no estaba, que regresaría en dos días.
Entonces le hablé.
Le conté lo que había entendido, lo único que me había quedado de aquella revelación:
—Alfredo… la verdad es que tenemos que aprender a amar a los demás. Solo así podremos salvarnos.
Él se rió.
No discutí.
No intenté convencerlo.
Simplemente me alejé.
Porque hay verdades que no necesitan defensa…
solo tiempo para ser comprendidas.
Revelación recibida el 5 de noviembre de 2008, a las 8:40 de la mañana.
Por Fautino Encarnación
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