viernes, 28 de noviembre de 2008
jueves, 23 de octubre de 2008
AYUDA
Hay que mirar hacia atrás y ayudar por que eso es lo que hacen los seres espirituales.
jueves, 9 de octubre de 2008
Poemas de Amor
“Y TÚ QUE NO VIENES” (versión narrativa – para “El eco de mi historia”)
Hay noches en las que el cielo se queda vacío.
Sin estrellas. Sin luna. Como si el universo también hubiera decidido no aparecer. Y es en esas noches, cuando todo parece ausente, que comienzo a escribirte… como si las palabras pudieran traerte de vuelta.
Pienso en ti. Siempre en ti.
Y aunque no llegas… sigo esperando. No con desesperación al principio, sino con esa fe terca que se niega a aceptar la ausencia. Como si en cualquier momento fueras a tocar la puerta, o a aparecer en el silencio.
Pero no llegas.
Entonces te busco en los recuerdos. Recorro cada instante vivido, cada palabra, cada gesto… y de pronto me doy cuenta de algo que duele más que tu ausencia: ya no estás ni siquiera ahí como antes.
Y me pregunto si te fuiste sin despedirte…
si simplemente elegiste no volver.
Y en medio de ese pensamiento, el dolor se vuelve más profundo. Porque quise tanto vivir contigo… tanto, que ahora no sé cómo vivir sin ti.
A veces pienso que mentiste. Que todo fue una ilusión.
Pero incluso así… te perdono.
Y aún así… sigo esperándote.
Hasta que amanece.
Y con la luz del día, algo en mí se rompe. Porque la claridad no trae respuestas… solo confirma que no estás. Que no vendrás.
Y entonces llega ese pensamiento que no quiero decir en voz alta:
si no vienes… no sé para qué seguir.
Me pregunto si acaso moriste.
Si esa es la razón de tu silencio.
Pero no… mejor no saberlo. Hay verdades que matan más que la duda.
Y en ese vacío, me aferro a una última idea:
quizás en la muerte pueda encontrarte.
Quizás allá, donde no existen despedidas,
pueda por fin quedarme contigo…
para siempre.
“COBARDÍA” (versión narrativa – para “El eco de mi historia”)
La vi pasar una sola vez… y fue suficiente para no olvidarla nunca.
Iba junto a su madre, como si perteneciera a otro tiempo. Había en ella una belleza distinta, serena, casi irreal. Su cabello, dorado como el trigo bajo el sol, parecía moverse con una suavidad que no era de este mundo. Y su forma de caminar… no era solo un paso, era una presencia. Una especie de elegancia natural que no se aprende.
Entonces ocurrió.
Se volvió.
Solo un instante… pero bastó. Su mirada azul me atravesó con una profundidad que no supe sostener. Fue como si, en ese breve cruce, algo dentro de mí despertara de golpe.
Me quedé inmóvil. Suspendido.
Como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Y dentro de mí, algo gritaba:
—Síguela… no la dejes ir.
Lo sentí en el cuerpo. En el alma.
En todo lo que aún creía poder amar.
Pero no me moví.
Tuve miedo.
No de ella…
sino de mí.
Miedo de amar sin medida.
Miedo de abrir heridas que nunca terminaron de cerrar.
Miedo de volver a sentir demasiado.
Y aunque dentro de mí ardía una sed inmensa de ternura,
una necesidad casi desesperada de alcanzarla…
cerré los ojos.
Y cuando los abrí…
ya se había ido.
Desde entonces, he entendido algo:
no todas las pérdidas vienen de lo que se va…
algunas nacen de lo que no nos atrevimos a buscar.
QUÉDATE JUNTO A MÍ
Quédate junto a mí,
que las noches se vuelven frías
y los días, grises y cansados de existir.
Quédate…
porque me asusta la idea de morir en silencio,
sin tus besos,
sin la luz de tus ojos guiando mis sombras,
sin tus labios diciéndome que aún respiro.
Quédate junto a mí,
con tu cuerpo rendido por los años,
para amarnos despacio en las tardes quietas,
esas donde el crepúsculo rojizo
nos cubre con su manto de agonía,
y el tiempo parece detenerse
en esta penumbra que sabe a despedida.
Quédate…
y si así lo haces, te prometo quedarme en ti,
aun después de la muerte,
como un eco que no se resigna al olvido.
No seré milagro,
no podré devolverte a la vida
como Jesús ante la tumba de Lázaro,
pero seré ausencia que ama,
memoria que arde,
alma que no se va.
Amor… quédate junto a mí,
para vivir en ti
y renacer en cada instante,
como el Ave Fénix
que vuelve del fuego
solo por amor.
NO ME DEJES SOLO (versión literaria)
Cuando mis pasos se vuelvan lentos
y mis cabellos se rindan al blanco del tiempo,
no me dejes solo.
Cuando la memoria borre mis días felices
y mis ojos miren sin ver,
cuando te busque en la penumbra
y solo encuentre recuerdos…
no me dejes solo.
Cuando mi vida se apague en silencio
y me marche para siempre,
mi sombra seguirá buscándote,
aferrada a tu nombre como última esperanza.
Por eso te he querido así…
para siempre.
No me dejes solo,
que me muero sin verte.
Cuando mis deseos sean apenas un intento,
cuando el otoño me cubra de frío
y el alma se me vuelva ceniza…
no me dejes solo.
Porque sin ti,
amor…
hasta la eternidad me parece abandono.
“Más que yo mismo” (versión narrativa para tu libro)
A mi querida e inolvidable madre…
Todavía no entiendo en qué momento se rompió el mundo.
Recuerdo aquel instante como si el tiempo se hubiera detenido en un suspiro. Tu respiración se hacía lenta, frágil… y yo, sin saber cómo sostener la vida entre mis manos, agonizaba contigo. No era solo tu dolor… era el mío también. Porque desde mucho antes de que partieras, ya algo en mí comenzaba a morir.
Y cuando finalmente te fuiste, no quedé yo… quedó apenas una sombra que aprendió a caminar sin rumbo.
Porque amarte fue eso:
entregarte tanto de mí,
que al perderte, también me perdí.
Tú eras mi norte. Mi refugio. La luz pequeña pero constante que me enseñaba a no temerle a la oscuridad. Aún hoy, cuando cierro los ojos, te siento como una lamparita encendida dentro del pecho, iluminando esta tristeza que nunca se apaga del todo.
Desde el día en que partiste, madre, la vida se volvió un crepúsculo interminable. Hay días en que el sol parece salir, pero nunca calienta igual. Y en las noches… en las noches es cuando más te busco.
A veces bajo la cabeza, cansado, vencido por una pena que no sabe irse… y en ese instante siento que tú me miras. Como si pudieras reconocerme no por lo que soy ahora, sino por el dolor que llevo. Como si mi tristeza fuera el puente que todavía nos une.
He pensado muchas veces que el amor es más fuerte que la muerte. No como una idea bonita, sino como una necesidad. Porque si no fuera así… ¿cómo explico que aún te sienta? ¿Cómo explico que siga hablándote en silencio, esperando que en algún rincón invisible me escuches?
Tal vez mi dolor sea eso… un espejo.
Un lugar donde tú puedas verte reflejada y volver, aunque sea por un instante.
Y entonces entiendo que no importa cuán larga sea la noche, ni cuán profundo el abismo. No voy a dejar de buscarte. No puedo. No sé vivir de otra forma.
Porque tú eras más que mi madre…
eras más que mi vida…
eras más que yo mismo.
Y si eras más que yo mismo…
entonces tiene que existir un lugar donde pueda encontrarte otra vez
REVELACIONES
REVELACIÓN I
Estaba en Neyba.
Aún no había amanecido del todo cuando algo —no sé si una voz, un impulso o una fuerza que no puedo nombrar— me hizo levantar de la cama. Eran alrededor de las seis de la mañana, y el día apenas comenzaba a abrir los ojos.
Salí hacia un lado de la casa.
El aire era limpio. El cielo, inmenso.
Entonces las vi.
Una bandada de garzas blancas cruzaba el horizonte, deslizándose en silencio, como si el tiempo no tuviera peso para ellas. Había en su vuelo una paz extraña… una armonía que no pertenecía a este mundo.
Y en ese instante, algo cambió en mí.
Sentí cómo un espíritu —ligero, desconocido— me llenaba por dentro. Y sin saber cómo, dejé de estar en la tierra.
Estaba volando.
Iba junto a ellas. A la par de las garzas, como si siempre hubiera sabido hacerlo. No había miedo. No había duda. Solo una sensación de libertad absoluta, como si el alma por fin hubiera recordado su verdadera naturaleza.
Volamos un tiempo que no sé medir.
Luego me separé.
Comencé a elevarme en línea recta hacia el cielo, alcanzando una altura que no puedo describir. Y fue entonces cuando lo vi.
Al principio era solo una forma lejana, indefinida.
Pero a medida que me acercaba, comenzó a revelarse ante mis ojos:
un altar gigantesco, de estructura gótica, imponente. Tenía un marco cuadrado, con un centro ovalado, y en su parte superior se alzaban dos grandes figuras, dos criaturas desconocidas para mí, como guardianes de algo sagrado.
Y en el centro… estaba Él.
Jesucristo, sentado.
Su presencia no era solo visible… era abrumadora.
Me hablaba.
Pero su voz no era como la de un hombre. Era como un trueno, como una fuerza que llenaba todo el espacio. Yo intentaba entender, acercarme lo suficiente para escuchar… pero no lograba comprender sus palabras.
Entonces sentí algo.
Una certeza profunda:
aquel lugar era el Santísimo.
Y no debía acercarme más.
Pero mi necesidad de entender era más fuerte. Mi deseo de escuchar lo que me decía me empujó hacia adelante, desobedeciendo ese límite invisible que parecía proteger lo sagrado.
Me acerqué.
Y en ese instante, todo cambió.
Él… y aquellas criaturas que lo acompañaban, desaparecieron, como si el altar tuviera un fondo falso, como si se hubieran ocultado más allá de lo que mis ojos podían alcanzar.
El silencio volvió.
Yo me detuve.
Y sin saber por qué, comencé a descender.
Regresé volando… hasta que todo se desvaneció.
Y entonces… desperté
POR´´FAUTINO ENCARNACION´
REVELACIÓN II
La vi descender.
La luna… ya no estaba lejos.
Se acercaba a la tierra con una cercanía imposible, como si hubiera decidido abandonar el cielo para irrumpir en nuestro mundo.
Podía verla con claridad.
No era redonda.
Era distinta… extraña.
Tenía una forma casi cuadrada, y en su parte inferior se abría como un cráter gigantesco, lleno de rocas puntiagudas que se extendían hacia abajo, como si fueran dientes de piedra dispuestos a desgarrar la tierra.
De pronto… se alejó.
A una velocidad imposible, se lanzó hacia el oeste, dejándome en una confusión absoluta. Todo parecía irreal… como si el orden del universo hubiera sido alterado.
Pero no había terminado.
En un instante volvió.
Se lanzó contra la tierra.
El impacto fue brutal.
Un golpe seco, descomunal, que hizo temblar todo. La tierra entera pareció estremecerse bajo un poder que no pertenecía a este mundo. El pánico se extendió como un incendio invisible… todos sabían, sin necesidad de palabras, que algo terrible estaba ocurriendo.
Y entonces… volvió a golpear.
Un segundo impacto.
Más fuerte. Más profundo.
La tierra quedó marcada: un cráter inmenso, una huella lunar que parecía una cicatriz abierta en el cuerpo del mundo.
Después vinieron hombres.
Vestidos como guardias, serios, metódicos. Se acercaron al lugar del impacto y comenzaron a tomar muestras, como si intentaran entender lo que había sucedido… como si la razón pudiera explicar lo inexplicable.
Pero el miedo ya era global.
La gente sentía que era el fin.
Y fue entonces… cuando ocurrió lo imposible.
Dios se manifestó.
No como una idea… sino como presencia.
Con Él, un ángel.
No puedo describir su magnitud. No hay palabras humanas suficientes para contener ese poder. Era algo que sobrepasaba todo entendimiento, algo que no se puede explicar… solo sentir.
En medio de ese instante, escuché algo claro.
Dios habló a su ángel, y dijo:
—Este se va conmigo.
Se refería a mí.
Y entonces… todo cambió.
Fui llenado con su poder. No era una emoción… era una fuerza real, viva, que recorría todo mi ser. Sentí una alegría inmensa, una plenitud absoluta, como si ya nada pudiera hacerme daño.
Grité con toda mi voz:
—¡Aleluya!
Y comencé a volar.
No como antes… esta vez era distinto. No era solo libertad, era poder. Me movía por el aire como prueba de algo que no era mío, sino que me había sido dado.
Y lo más extraño…
es que no sentí miedo.
A pesar de la destrucción, del caos, del fin que parecía acercarse… yo estaba en paz.
Porque Dios estaba conmigo.
Luego, todo volvió a cambiar.
La luna cruzó el cielo como un relámpago, del oeste al este… y de pronto, el día desapareció.
Se hizo de noche.
Pero no duró mucho.
Después de un instante, algo inesperado ocurrió:
el sol y la luna comenzaron a salir juntos, desde el mismo lugar donde antes se habían ocultado.
Ya no había violencia.
Ya no había impacto.
Subían lentamente, sin prisa… como si el universo estuviera siendo restaurado.
Y así… volvió la luz.
El día regresó
REVELACIÓN III
Las vi venir desde el cielo.
Eran naves enormes, extrañas, como si no pertenecieran a este mundo. Su presencia imponía miedo… no por lo que hacían, sino por lo que anunciaban.
Yo estaba en un campo, rodeado de personas conocidas. Sabía quiénes eran… pero al despertar sus rostros se borraron de mi memoria, como si solo existieran dentro de aquella visión.
Llegó el momento de partir.
Me despedí y tomé el camino hacia mi casa.
Entonces ocurrió.
Las naves cruzaron sobre nosotros, lentas y amenazantes. Una de ellas descendió lo suficiente como para dominar el cielo… y disparó.
Pero no era un arma como las nuestras.
Lo que cayó sobre la tierra fue una sustancia ardiente, como lava… pero de un color dorado, brillante, casi hipnótico. Se derramaba por las calles como un río de fuego eterno.
Y de esa lava… nacían criaturas.
Insectos formados por la misma materia incandescente, moviéndose como si tuvieran vida propia. Era un fuego que no se apagaba, una destrucción que no conocía descanso.
Tuve que atravesarlo.
Esquivar aquel azufre, aquel infierno vivo, para poder avanzar. Cada paso era una decisión, cada movimiento una lucha por seguir.
Finalmente llegué cerca de mi casa.
Había una multitud reunida.
Alguien —un hombre que no conocía— habló con urgencia:
—Debemos buscar la computadora que cayó con el disparo.
Fuimos hasta el lugar del impacto. Entre la lava aún ardiente, removimos con herramientas improvisadas hasta encontrar algo.
Era un aparato negro.
Un UPS.
Alguien ordenó traer un monitor. Dijeron que había que encenderlo de una forma especial, como si perteneciera a otro lenguaje, a otra lógica.
Lo hicimos.
El monitor, pequeño —apenas catorce pulgadas—, se transformó ante nuestros ojos en una pantalla gigantesca.
Y entonces… apareció otro mundo.
En la pantalla, un hombre vestido con túnica roja comenzó a hablarnos. Su voz era clara, pero su idioma no lo era. Sin embargo, algo dentro de nosotros entendía.
No eran palabras… era un mensaje.
Mientras hablaba, algo extraño ocurrió entre la multitud:
aparecieron niños.
Niños fuertes, casi como pequeñas legiones, que comenzaron a jugar con los nuestros. Reían, se movían, pero cuando hablaban… solo se escuchaba un murmullo incomprensible, como si pertenecieran a otra dimensión del lenguaje.
Yo escuché toda la enseñanza.
Pero al despertar… no recordaba ni una sola palabra.
Solo una certeza quedó en mí, firme, inquebrantable:
la salvación no vendría por el poder… sino por el amor.
Amor y compasión por los demás.
Ese era el camino.
Al salir de allí, encontré a un compueblano: Alfredo, hijo de Periando.
Caminamos juntos hasta su casa. Él entró al baño, y mientras esperaba le pregunté por su padre. Me dijo que no estaba, que regresaría en dos días.
Entonces le hablé.
Le conté lo que había entendido, lo único que me había quedado de aquella revelación:
—Alfredo… la verdad es que tenemos que aprender a amar a los demás. Solo así podremos salvarnos.
Él se rió.
No discutí.
No intenté convencerlo.
Simplemente me alejé.
Porque hay verdades que no necesitan defensa…
solo tiempo para ser comprendidas.
Revelación recibida el 5 de noviembre de 2008, a las 8:40 de la mañana.
Por Fautino Encarnación
miércoles, 1 de octubre de 2008
RESEÑA HISTORICA
Y Las Yayas Arriba en eso del 1930 esta ultima fundada por Manuel Paya,Prospero Vargas, Los Ángeles, Juanito Ricardo, Baba, Soilio Gonzáles, Ñico y Antonia.
Para finales del 1930 se fundaron otros pequeños barrios como fue el caso de los Candelones y la Tunita.
ECONOMIA
En el ese tiempo no existía el dinero en esta región la forma en que se desemborvia la economía estaba fundamentada en el trueque intercambiando. Carne, víveres, maíz etc.
En ese entonces el Arroz era considerado como al argo extranjero debido a que dos o tres de las personas mas influyentes del pueblo eran los únicos que tenían acceso al hoy tan preciado cereal lo mismo pasaba con la sal contar con este producto era casi imposible para la población por la cual tenían que pagar con dinero cuando esta aparecía
Las Yayas es un pueblo de gente humildes, buena y trabajadoras, pero como producto de las transformaciones que esta siendo objeto este país debido al brusco cambio de la naturaleza ya que lugares fértiles y de abundante fruto como es el caso de Las Yayas en estos momentos no llegan al diez por ciento de lo que era, razón por la cual sus habitantes se han visto obligados a buscar nuevas alternativas de subsistencia .Sus jóvenes han tenido que emigrar hacia las grandes ciudades en busca de nuevas oportunidades de empleo.
Esta es la Loma de La Pela esta loma es como el simbolo de las yayas. Le dicen la pela por esa parte que se le ves alante sedimentada
Autor: Fautino Encarnación Rodríguez


