“Y TÚ QUE NO VIENES” (versión narrativa – para “El eco de mi historia”)
Hay noches en las que el cielo se queda vacío.
Sin estrellas. Sin luna. Como si el universo también hubiera decidido no aparecer. Y es en esas noches, cuando todo parece ausente, que comienzo a escribirte… como si las palabras pudieran traerte de vuelta.
Pienso en ti. Siempre en ti.
Y aunque no llegas… sigo esperando. No con desesperación al principio, sino con esa fe terca que se niega a aceptar la ausencia. Como si en cualquier momento fueras a tocar la puerta, o a aparecer en el silencio.
Pero no llegas.
Entonces te busco en los recuerdos. Recorro cada instante vivido, cada palabra, cada gesto… y de pronto me doy cuenta de algo que duele más que tu ausencia: ya no estás ni siquiera ahí como antes.
Y me pregunto si te fuiste sin despedirte…
si simplemente elegiste no volver.
Y en medio de ese pensamiento, el dolor se vuelve más profundo. Porque quise tanto vivir contigo… tanto, que ahora no sé cómo vivir sin ti.
A veces pienso que mentiste. Que todo fue una ilusión.
Pero incluso así… te perdono.
Y aún así… sigo esperándote.
Hasta que amanece.
Y con la luz del día, algo en mí se rompe. Porque la claridad no trae respuestas… solo confirma que no estás. Que no vendrás.
Y entonces llega ese pensamiento que no quiero decir en voz alta:
si no vienes… no sé para qué seguir.
Me pregunto si acaso moriste.
Si esa es la razón de tu silencio.
Pero no… mejor no saberlo. Hay verdades que matan más que la duda.
Y en ese vacío, me aferro a una última idea:
quizás en la muerte pueda encontrarte.
Quizás allá, donde no existen despedidas,
pueda por fin quedarme contigo…
para siempre.
“COBARDÍA” (versión narrativa – para “El eco de mi historia”)
La vi pasar una sola vez… y fue suficiente para no olvidarla nunca.
Iba junto a su madre, como si perteneciera a otro tiempo. Había en ella una belleza distinta, serena, casi irreal. Su cabello, dorado como el trigo bajo el sol, parecía moverse con una suavidad que no era de este mundo. Y su forma de caminar… no era solo un paso, era una presencia. Una especie de elegancia natural que no se aprende.
Entonces ocurrió.
Se volvió.
Solo un instante… pero bastó. Su mirada azul me atravesó con una profundidad que no supe sostener. Fue como si, en ese breve cruce, algo dentro de mí despertara de golpe.
Me quedé inmóvil. Suspendido.
Como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Y dentro de mí, algo gritaba:
—Síguela… no la dejes ir.
Lo sentí en el cuerpo. En el alma.
En todo lo que aún creía poder amar.
Pero no me moví.
Tuve miedo.
No de ella…
sino de mí.
Miedo de amar sin medida.
Miedo de abrir heridas que nunca terminaron de cerrar.
Miedo de volver a sentir demasiado.
Y aunque dentro de mí ardía una sed inmensa de ternura,
una necesidad casi desesperada de alcanzarla…
cerré los ojos.
Y cuando los abrí…
ya se había ido.
Desde entonces, he entendido algo:
no todas las pérdidas vienen de lo que se va…
algunas nacen de lo que no nos atrevimos a buscar.
QUÉDATE JUNTO A MÍ
Quédate junto a mí,
que las noches se vuelven frías
y los días, grises y cansados de existir.
Quédate…
porque me asusta la idea de morir en silencio,
sin tus besos,
sin la luz de tus ojos guiando mis sombras,
sin tus labios diciéndome que aún respiro.
Quédate junto a mí,
con tu cuerpo rendido por los años,
para amarnos despacio en las tardes quietas,
esas donde el crepúsculo rojizo
nos cubre con su manto de agonía,
y el tiempo parece detenerse
en esta penumbra que sabe a despedida.
Quédate…
y si así lo haces, te prometo quedarme en ti,
aun después de la muerte,
como un eco que no se resigna al olvido.
No seré milagro,
no podré devolverte a la vida
como Jesús ante la tumba de Lázaro,
pero seré ausencia que ama,
memoria que arde,
alma que no se va.
Amor… quédate junto a mí,
para vivir en ti
y renacer en cada instante,
como el Ave Fénix
que vuelve del fuego
solo por amor.
NO ME DEJES SOLO (versión literaria)
Cuando mis pasos se vuelvan lentos
y mis cabellos se rindan al blanco del tiempo,
no me dejes solo.
Cuando la memoria borre mis días felices
y mis ojos miren sin ver,
cuando te busque en la penumbra
y solo encuentre recuerdos…
no me dejes solo.
Cuando mi vida se apague en silencio
y me marche para siempre,
mi sombra seguirá buscándote,
aferrada a tu nombre como última esperanza.
Por eso te he querido así…
para siempre.
No me dejes solo,
que me muero sin verte.
Cuando mis deseos sean apenas un intento,
cuando el otoño me cubra de frío
y el alma se me vuelva ceniza…
no me dejes solo.
Porque sin ti,
amor…
hasta la eternidad me parece abandono.
“Más que yo mismo” (versión narrativa para tu libro)
A mi querida e inolvidable madre…
Todavía no entiendo en qué momento se rompió el mundo.
Recuerdo aquel instante como si el tiempo se hubiera detenido en un suspiro. Tu respiración se hacía lenta, frágil… y yo, sin saber cómo sostener la vida entre mis manos, agonizaba contigo. No era solo tu dolor… era el mío también. Porque desde mucho antes de que partieras, ya algo en mí comenzaba a morir.
Y cuando finalmente te fuiste, no quedé yo… quedó apenas una sombra que aprendió a caminar sin rumbo.
Porque amarte fue eso:
entregarte tanto de mí,
que al perderte, también me perdí.
Tú eras mi norte. Mi refugio. La luz pequeña pero constante que me enseñaba a no temerle a la oscuridad. Aún hoy, cuando cierro los ojos, te siento como una lamparita encendida dentro del pecho, iluminando esta tristeza que nunca se apaga del todo.
Desde el día en que partiste, madre, la vida se volvió un crepúsculo interminable. Hay días en que el sol parece salir, pero nunca calienta igual. Y en las noches… en las noches es cuando más te busco.
A veces bajo la cabeza, cansado, vencido por una pena que no sabe irse… y en ese instante siento que tú me miras. Como si pudieras reconocerme no por lo que soy ahora, sino por el dolor que llevo. Como si mi tristeza fuera el puente que todavía nos une.
He pensado muchas veces que el amor es más fuerte que la muerte. No como una idea bonita, sino como una necesidad. Porque si no fuera así… ¿cómo explico que aún te sienta? ¿Cómo explico que siga hablándote en silencio, esperando que en algún rincón invisible me escuches?
Tal vez mi dolor sea eso… un espejo.
Un lugar donde tú puedas verte reflejada y volver, aunque sea por un instante.
Y entonces entiendo que no importa cuán larga sea la noche, ni cuán profundo el abismo. No voy a dejar de buscarte. No puedo. No sé vivir de otra forma.
Porque tú eras más que mi madre…
eras más que mi vida…
eras más que yo mismo.
Y si eras más que yo mismo…
entonces tiene que existir un lugar donde pueda encontrarte otra vez
1 comentario:
Danny si puedes comunicate conmigo quiero saber si este espacio es para las yayas de azua soy natanael diaz y estoy interesado en hacer algo asi hasta empece http://lasyayasdeviajama.blogspot.com/2008/10/esperalo.html mi correo natanael453@hotmail.com
Publicar un comentario