*Teófilo Encarnación (conocido como CHICHO) nació el 12 de abril de 1928 en Las Yayas de Azua, República Dominicana. Hijo de María Nieve Encarnación y Ángel Salvador Vilchez, creció en un entorno humilde, marcado por las dificultades que la vida rural impone. Desde muy joven, la responsabilidad de cuidar y criar a sus hermanos cayó sobre sus hombros, ya que su padre abandonó el hogar cuando Teófilo apenas era un adolescente. Así comenzó una vida llena de desafíos, carente de educación formal y de las herramientas necesarias para enfrentar un mundo que se presentaba implacable y hostil.*
*Teófilo aprendió desde niño el arte de hacer casabe junto a su madre y a labrar la tierra con sus manos, enfrentándose a la tierra árida y a la pobreza extrema que parecía no dar tregua. Su vida estuvo siempre sombreada por el trabajo duro, el afán de salir adelante y el peso de las calamidades, en un esfuerzo vano por prosperar en medio de la pobreza que lo rodeaba y que jamás le ofreció facilidad alguna.*
*Se casó primero con Chichita, con quien, después de una serie de trágicas pérdidas, logró tener una hija llamada Dolores. Posteriormente, contrajo matrimonio con Nectora, mi madre, con quien tuvo cuatro hijos más. Su vida fue una constante lucha, no solo contra las adversidades materiales, sino también contra las enfermedades que, en su vejez, lo han mantenido postrado en una cama, con la memoria perdida, víctima de un padecimiento que no le concede descanso ni siquiera durante las noches, intensificando así su sufrimiento.*
*A pesar de las adversidades, Teófilo siempre fue un hombre de paz, un ser humano íntegro que vivió su vida con dignidad. Jamás cometió acto indebido alguno ni se dejó arrastrar por las tentaciones de la maldad. Su vida es un ejemplo de rectitud y honestidad, un legado del que todos sus hijos nos sentimos profundamente orgullosos. Nunca se apartó de su postura firme de respetar el bien ajeno, y su conducta intachable fue un faro en los días difíciles.**La fe en Dios y la Virgen María fue su guía y fortaleza. Su devoción era tal que, a la edad de 79 años, decidió alfabetizarse para poder leer la Biblia y los tratados de la Iglesia Católica por sí mismo. Este esfuerzo lo llevó a convertirse en diácono y a ser parte activa del movimiento catecumenal de la iglesia, responsabilidad que asumió con el mismo rigor y compromiso que caracterizó toda su vida. Antes de aprender a leer, dependía de otros para conocer las sagradas escrituras, pero pronto memorizaba los textos con una devoción que inspiraba a quienes lo rodeaban.*
**Hay una historia en su vida que ha quedado grabada en nuestra memoria, una anécdota que parece sacada de un relato místico. Cuando Teófilo tenía unos quince años, su padre regresó al hogar, aquejado por una extraña enfermedad que le causaba un dolor incesante, tanto de día como de noche. Los gritos de angustia del viejo hacían el ambiente insoportable. En medio de esa desesperación, su madre imploró a Dios por un médico del cielo, y días después, un hombre desconocido llegó al pueblo. Este hombre, al que nadie más había visto antes, pasó una semana en la casa, atendiendo a su padre. Lo más extraño era que solo Teófilo y su madre podían verlo.
El misterioso hombre realizó una serie de tratamientos poco convencionales, incluso atravesando una aguja por el músculo del brazo derecho de su padre y utilizando cartas para diagnosticar su condición. Pidió unas raíces de ciertos arbustos que solo crecían lejos de Las Yayas, en un lugar llamado Los Jigos. Aunque mi padre pensó que sería imposible conseguirlas de inmediato, el hombre salió y regresó en menos de cinco minutos con las hierbas frescas, como si las hubiera traído de un lugar muy cercano. Bajo su cuidado, el viejo finalmente pudo dormir una noche sin dolor, y poco a poco se fue recuperando. Sin embargo, el hombre advirtió que para sanar completamente debía viajar a un lugar llamado La Peña.**

